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Obligación de facturar

Los comercios minoristas deben emitir facturas a sus clientes cuando estos se lo piden, es la regla general. En los estancos, sin embargo, existen dos peculiaridades:

La primera es el timbre (o las tarjetas de transporte, por ejemplo). Con el timbre actuamos como comisionistas, no estamos realmente vendiendo el producto, sino intermediando en su venta. La factura, por tanto, deberá emitirla Correos, o la EMT, por poner un ejemplo —pero no puede hacerla el mediador. Ahora bien, sí que podemos gestionar (para Logista) la factura que nos piden.

La segunda peculiaridad es el tabaco. Si realizamos una venta de más de cuatro cartones, hay que hacer factura. Si se trata de una venta a un PVR, hay que hacer factura. Pero, ¿qué sucede si vendemos menos de cuatro cartones a un particular y nos pide factura? ¡Peligro!

¿Por qué querría factura, un particular? Si no es un PVR, no puede revender el tabaco de forma legal. El particular compra tabaco para consumirlo. Si lo que pretende es controlar su gasto, con una factura simplificada es bastante. La factura a un (supuesto) particular siempre será señal de alerta.

Si no se trata de un extranjero que desea aprovechar la diferencia de precios con su país de residencia, probablemente sea un PVR que nos acabe metiendo en líos. Si el supuesto particular vuelve cada semana (una práctica que los tribunales denominan periodicidad), y compra, no solo una marca, sino variedad de labores, ya podemos ir ahorrando los doce mil euros.

Es importante saber que el Comisionado para el Mercado de Tabacos puede obtener en cualquier momento la información de ventas. La Guardia Civil puede entrar en el estanco, introducir un USB en el ordenador, y descargarse el fichero con todas las operaciones llevadas a cabo. Fácilmente verá las ventas de más de cuatro cartones, y puede pedirnos las facturas. Serán a PVR o a particulares, normalmente turistas.

El Comisionado también se percatará de las ventas continuadas —por si alguien había tenido la extraña ocurrencia de vender muchos cartones dividiéndolos en grupos de tres, por ejemplo. No es una buena idea, es del todo innecesario y, sobre todo, peligroso. Si podemos vender legalmente más de cuatro cartones a quien sea emitiendo factura, ¿por qué tendríamos que complicarnos la vida?

Cuando el comprador no quiere la factura —es decir, no quiere identificarse— ¡peligro!, algo va mal. Posiblemente esté pagando con una tarjeta robada, por ejemplo.

Los requerimientos policiales pidiendo datos e imágenes de las cámaras de algunos compradores son habituales. Los falsificadores, duplicadores, y ladrones de tarjetas tienen especial preferencia por los estancos. El tabaco es un producto fácilmente convertible a dinero sin perder demasiado. Dos y dos son cuatro.

Nos pasará cada vez más. Una venta de varios cartones es muy golosa, lógicamente, pero pensad que, con casi toda seguridad —la informática deja rastro—, tendréis que dar muchas explicaciones después.

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